12.7.11

Un año ya

Hace un año, a estas horas, estaba metido en una fuente con Diego, ebrio de felicidad (y de cerveza), después de que un chaval pálido de un pueblo de Albacete nos convirtiera en campeones del mundo de fútbol.

Antes, por la mañana, nos habíamos ido Cris y yo al lago de Carucedo. No soy yo de madrugar, y menos los domingos, pero aquel día nos levantamos a una hora decente y no me apetecía estar dando vueltas encerrado en casa, leyendo todas las previas habidas y por haber de la primera final de un Mundial que iba a jugar España. Después volvimos a casa a comer y nos fuimos a la piscina de mis suegros. También se vinieron mi hermano Chema, mi cuñada y Diego. Allí tampoco había teles ni internet, pero apareció una radio a media tarde y los nervios siguieron creciendo. A eso de las siete y media ya no pude aguantar más y llamé a Zoso para ir a buscarle y a coger sitio al bar, por si acaso.

A las ocho estábamos con la primera. Me llamó Nico.
- ¿Dónde vemos el partido?
- En el Jazz, venid para acá que os guardamos sitio.
- No jodas, si tiene una tele pequeña.
- No jodas tú, aquí vi ganar la Eurocopa y he visto todos los partidos del Mundial menos el de Suiza. Y ya sabes cómo acabó.

No tuvo valor a replicarme. Yo tampoco me atreví a decirle que el partido de Honduras también lo había visto en otro sitio. Ninguno de los dos somos supersticiosos. Al rato ya estaban él y Vanesa allí. Al poco llegó Pelón con su novia. Al fondo, Aniceto, el último anarquista, para el que el fútbol y esto que llamamos España significa lo mismo que Guinea Ecuatorial. Rober, el dueño, no daba abasto con las pintas de cerveza. Ya estábamos todos. Y el balón echó a rodar.

No sé cuánta cerveza bebimos ni cuántos cigarros fumé. Al final de cada parte salíamos del bar a la plaza, a tomar el aire y a convencernos unos a otros de que aquello no se nos podía escapar. Rober salía a decirnos que nos iba a dar un infarto en cualquier momento. Nos acordamos de casi todos los familiares de los holandeses y del árbitro. También de los de alguno de los nuestros. Una pinta entera se cayó al suelo en no sé qué ocasión de gol.

Y entonces llegó Iniesta y la pegó con el alma al fondo de la red. Vi a Nico en el suelo y me tiré encima. Mi hermano se tiró encima de mí y siguió cayendo gente. Creo que el de arriba del todo llegaba a tocar el techo con la espalda. Nos levantamos, nos abrazamos, nos besamos. Cuando volví a mi sitio, me pareció ver un brillo en los ojos de Aniceto, el último anarquista, pero él siempre lo negará. Desde ahí hasta el final sólo existía el reloj, más lento que nunca, hasta que terminó el partido y el mundo cambió.

Éramos campeones del mundo. Somos campeones del mundo. Y me apetecía recordarlo, aunque haya quedado un poco largo.

2 comentarios:

El Impenitente dijo...

El mundo no cambió pero sí que cambió.

¿Largo? A mí se me ha pasado volando leyéndolo. Y me he vuelto a emocionar. Reconozco que, de vez en cuando, me veo el "Informe Robinson" del Mundial. Es una hora y pico que se pasa sin querer. Y siempre termino llorando.

Y el Mundial lo ganamos nosotros, con nuestras no supersticiones. No lo podíamos perder. Teníamos todos los fetiches en su sitio.

Álex dijo...

Ese Informe Robinson es una obra maestra de los reportajes televisivos. No conozco a nadie que no se le haya escapado la lágrima cuando sale el fisio contando lo de "¿Quién ha marcado? -Andresito". Buf, se me ponen los pelos de punta.