20.7.11

Santificarás las ciudades

Una compañera acaba de volver de Roma mitad impresionada, mitad asqueada. La visita al Vaticano tuvo bastante que ver, claro, pero a mí me pasó algo parecido cuando estuve, incluso en los días previos a visitar la basílica de San Pedro.

No voy a descubrir la pólvora si digo que Roma es una ciudad cargada de historia. Pero cargada hasta arriba. Vas caminando tranquilamente por la calle y te encuentras con un reducto del Imperio junto a un palacio renacentista en una plaza coronada con un obelisco egipcio. O te acercas a ver el Estadio Olímpico para descubrir que está cerrado a las visitas y sólo lo puedes contemplar de lejos a la sombra de un monolito dedicado a Mussolini. O entras en cualquiera de las miles de iglesias para ver una buena colección de obras de arte sin necesidad de pagar la entrada a un museo. Si a eso le añades una gran cocina en cualquier esquina a un precio más que asequible y que los italianos, si no les das confianzas, no son tan capullos como parecen, visitar Roma es algo que no puedes perderte si tienes la ocasión.


El problema de Roma es que alguien se ha empeñado en hacernos creer que allí todo es cristiano (católico, para más señas). Los obeliscos egipcios están coronados con cruces. Los templos romanos, como el Panteón, han sido reconvertidos en iglesias. Hasta el Coliseo tiene una cruz enorme a la entrada, en homenaje a los cristianos que se zamparon los leones. Sí, también se comían a los paganos, pero esos descreídos se lo tenían merecido, supongo. Todo está marcado con el signo del señor.


Por eso, si eres de los que se plantean o directamente niegan la existencia de dios, o si estás hasta los huevos de las salidas de tono de la curia, sales de Roma con cierto sabor amargo, como si te estuvieran engañando, porque toda esa historia que has visto está retocada. Y si en el vuelo de vuelta tienes detrás a dos viejas meapilas hablando de la maravillosa obra de dios después de haberse colado en la puerta de embarque, cuando llegas a casa en lo primero que piensas es en apostatar.

12.7.11

Un año ya

Hace un año, a estas horas, estaba metido en una fuente con Diego, ebrio de felicidad (y de cerveza), después de que un chaval pálido de un pueblo de Albacete nos convirtiera en campeones del mundo de fútbol.

Antes, por la mañana, nos habíamos ido Cris y yo al lago de Carucedo. No soy yo de madrugar, y menos los domingos, pero aquel día nos levantamos a una hora decente y no me apetecía estar dando vueltas encerrado en casa, leyendo todas las previas habidas y por haber de la primera final de un Mundial que iba a jugar España. Después volvimos a casa a comer y nos fuimos a la piscina de mis suegros. También se vinieron mi hermano Chema, mi cuñada y Diego. Allí tampoco había teles ni internet, pero apareció una radio a media tarde y los nervios siguieron creciendo. A eso de las siete y media ya no pude aguantar más y llamé a Zoso para ir a buscarle y a coger sitio al bar, por si acaso.

A las ocho estábamos con la primera. Me llamó Nico.
- ¿Dónde vemos el partido?
- En el Jazz, venid para acá que os guardamos sitio.
- No jodas, si tiene una tele pequeña.
- No jodas tú, aquí vi ganar la Eurocopa y he visto todos los partidos del Mundial menos el de Suiza. Y ya sabes cómo acabó.

No tuvo valor a replicarme. Yo tampoco me atreví a decirle que el partido de Honduras también lo había visto en otro sitio. Ninguno de los dos somos supersticiosos. Al rato ya estaban él y Vanesa allí. Al poco llegó Pelón con su novia. Al fondo, Aniceto, el último anarquista, para el que el fútbol y esto que llamamos España significa lo mismo que Guinea Ecuatorial. Rober, el dueño, no daba abasto con las pintas de cerveza. Ya estábamos todos. Y el balón echó a rodar.

No sé cuánta cerveza bebimos ni cuántos cigarros fumé. Al final de cada parte salíamos del bar a la plaza, a tomar el aire y a convencernos unos a otros de que aquello no se nos podía escapar. Rober salía a decirnos que nos iba a dar un infarto en cualquier momento. Nos acordamos de casi todos los familiares de los holandeses y del árbitro. También de los de alguno de los nuestros. Una pinta entera se cayó al suelo en no sé qué ocasión de gol.

Y entonces llegó Iniesta y la pegó con el alma al fondo de la red. Vi a Nico en el suelo y me tiré encima. Mi hermano se tiró encima de mí y siguió cayendo gente. Creo que el de arriba del todo llegaba a tocar el techo con la espalda. Nos levantamos, nos abrazamos, nos besamos. Cuando volví a mi sitio, me pareció ver un brillo en los ojos de Aniceto, el último anarquista, pero él siempre lo negará. Desde ahí hasta el final sólo existía el reloj, más lento que nunca, hasta que terminó el partido y el mundo cambió.

Éramos campeones del mundo. Somos campeones del mundo. Y me apetecía recordarlo, aunque haya quedado un poco largo.